DISEÑO DE LO i m pER feC t0

Hay algo en lo que no está del todo hecho, en lo que no se termina de acomodar, que muchas veces dice más que lo cerrado o perfecto. Lo imperfecto, lo irregular, lo espontáneo: formas de comunicar desde lo sensible, lo humano, lo verdadero. Como una bitácora de viaje, un trazo que quedó suelto, un garabato así nomás que dibujás en cualquier hoja mientras hablás por teléfono, una mancha, un diseño sin correcciones.
Diseñar no siempre implica terminar. A veces es dejar espacio para que el proceso se vea, para que la emoción quede a la vista. En ese trazo espontáneo están las dudas, los errores, los impulsos. Lo aleatorio, lo inesperado.
La emoción como hilo conductor

Las bitácoras de viaje por ejemplo, tienen esa cualidad de lo hecho al paso. Son libretas con tachones, tipografía apurada, dibujos torcidos. Manchas, recortes, flechas, sobreescrituras. Nada está del todo ordenado, escribo un rato con la hoja en vertical y al pasar de página “porque sí” la pongo en horizontal y, sin embargo, todo cobra sentido. No importa tanto la prolijidad como la emoción que queda pegada en cada trazo. Esas páginas no buscan ser perfectas: buscan capturar lo vivido. A veces nos las guardamos como un diario íntimo solo para nosotros y otras veces las compartimos, con el mundo o solo con amigos como si fuesen un álbum de fotos de viaje.
Diseñar así -al paso, con lo que hay- es también una forma de estar presente. De registrar sin filtro, de observar desde la emoción. De dejar una huella más sincera que pulida.
El trazo como memoria
Lo mismo pasa cuando tomamos apuntes en una clase o en una reunión. Escribimos rápido, sin pensar demasiado en la forma. Aparecen flechas, palabras sueltas, tachaduras, abreviaturas que solo nosotros entendemos. Pero ese aparente desorden guarda una lógica: revive la experiencia de haber estado ahí. Cada trazo funciona como una huella de lo que se pensó, se dijo o se sintió en ese momento.

En esos apuntes no hay una intención de terminar. No está claro dónde empieza ni dónde termina una idea. La jerarquía la establecemos nosotros, a veces anotando frases textuales, otras solo ideas sueltas o palabras que funcionan como ayudamemoria y que después nos devuelven al instante vivido. Ese registro desprolijo, garabateado, más que un documento, es una forma de pensar en movimiento. Tal vez lo inacabado conserve algo que el orden no puede: la emoción del instante.
¿Por qué algo queda sin terminar?
Hay muchos motivos por los que un diseño, una idea o un objeto quedan incompletos. A veces se trata de una decisión. Otras veces, simplemente, de una condición.
Puede ser un motivo económico: cuando los recursos se agotan y no se puede seguir. Un proyecto cortado por falta de tiempo o presupuesto, porque te pisó un tranvía y no se llega a la versión “final”, sea cual sea el motivo, transmite algo de esa urgencia, de esa interrupción, de esa tragedia.

También hay razones culturales que invitan a ver lo inacabado no como una falla, sino como una forma distinta de entender el mundo. En el wabi-sabi japonés, por ejemplo, la imperfección, lo transitorio y lo incompleto son celebrados como parte esencial de la belleza. Nada dura, nada está terminado, nada es perfecto. Esa mirada resignifica una grieta, el desgaste, el error, y nos recuerda que el valor de las cosas no está solo en su forma final, sino también en el tiempo que las atraviesa. Lo inacabado, entonces, no es algo que falta, sino algo que tiene una historia y deja una huella.

En algunos casos se instala la idea de que la perfección es posible. Esa búsqueda puede derivar en una postergación infinita: se cambia una coma, se ajusta una línea, se vuelve a empezar, alineo a la derecha, a la izquierda, control z, control z. No porque no esté bien la búsqueda hacia algo “mejor”, sino porque nunca parece estar lo suficientemente bien. Y en ese espiral se pierde el impulso original.
El entorno climático o geográfico también influye: hay diseños que se adaptan a lo que el lugar permite, usando materiales disponibles, evitando cierres rígidos porque las condiciones son cambiantes. En estos casos lo inacabado puede ser una respuesta al entorno.
Otro motivo puede ser un poco más psicológico. Fiaca, saturación, bloqueo creativo, estados de ánimo. A veces no se termina porque no se puede seguir. Porque algo en uno mismo se detiene, y seguir sería forzarlo. Esos cortes también cuentan algo de los procesos internos que no siempre se ven pero ahí están.

Por otro lado, a veces lo inacabado es una decisión ideológica o creativa. Dejar algo sin cerrar del todo es invitar a quien lo mira a completar el sentido, a imaginar lo que falta. No decirlo todo para que algo se active del otro lado.
Y claro, hay veces que simplemente se procrastina. No hay una gran justificación detrás. No es una búsqueda consciente ni una postura estética. Es lo que pasa cuando el cansancio gana, cuando el deseo desaparece o cuando otras cosas ocupan ese espacio. Pero eso también forma parte del proceso creativo.
El error como segunda capa de lectura
No todo lo que parece error es descuido. A veces hay una decisión detrás de lo que molesta, de lo que no encaja. Un gesto para incomodar, para llamar la atención, para provocar una lectura más atenta.
Ese elemento fuera de lugar puede ser una segunda capa de lectura: ¿fue a propósito? ¿quiere decir algo o simplemente está ahí para hacernos pensar? Ese tipo de “fallas” interrumpe la pasividad del diseño y obliga a activar la mirada. Como si en cada detalle pudiera esconderse una pista. Como si estuviéramos buscando a Wally.
El contexto como activador
Un mismo objeto puede leerse de maneras completamente distintas según el lugar en el que aparece. Un bollito de papel en la calle probablemente pase desapercibido. Pero si ese mismo bollito aparece en el piso de un museo, nos detiene. Nos hace preguntar: ¿es parte de la obra? ¿es un gesto deliberado? ¿a alguien se le cayó un bollito de papel?

Ese pequeño desplazamiento nos obliga a decodificar. Nos pone en modo observación. Y el diseño tiene también ese poder: forzar el cambio de contexto para activar otra mirada.
Diseñar como gesto abierto
Quizás diseñar no sea siempre una forma de cerrar, sino de abrir. De dejar bordes sueltos, espacios en blanco, aire.
¿Y si lo inacabado no es una falta, sino una invitación? ¿Y si el sentido no está solo en lo que se hace, sino en lo que el otro lee, imagina, completa?
A veces, el objetivo se cumple cuando alguien —aunque no lo sepa, aunque nunca lo digamos— termina de darle forma. Incluso si lo interpreta distinto. Incluso si no está de acuerdo.
A veces, la pregunta abierta no espera una respuesta, sino que habilita otras formas de mirar.
Tal vez quien diseñó nunca sepa cómo fue leída esa ausencia. Tal vez quien la recibe ni siquiera sienta que falta algo.
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me animo a formular una pregunta que quizás despeje algún camino posible. el diseñador, está acostumbrado a dejar espacios inconclusos en su oBra? no será que prImero desaRRolla su Idea de la forma más completa posible y luego la pone a consideración del clienTe. la mirada del otro se buscA como complemento creativo??? considero que hay que tener una enorme cuota de humildad para ser capaz de presentar un trabajo sabiendo que está inconcluso y dándole al otro la oportunidad de torcer el rumbo que hayamos elegido. una reflexión luego de leer este interesante blog.
La observación que planteás es muy interesante. Vos estás apuntando específicamente al diseño gráfico entendido como una práctica que responde a una necesidad de un tercero —una marca, una institución, una persona— y no a una búsqueda puramente personal o artística.
En ese contexto, el diseñador efectivamente debe presentar una propuesta “cerrada”, resuelta y coherente con el objetivo del cliente. Pero dentro de esa resolución también puede decidir dejar ciertos espacios abiertos: pequeños márgenes de interpretación, gestos inacabados o recursos visuales que inviten al público (el público de quien me contrata) a completar el sentido.
No se trata de que el cliente intervenga o modifique el trabajo, sino de generar una experiencia más activa en quien recibe el mensaje. A veces, lo “incompleto” en una pieza gráfica no es una falta, sino una estrategia: provocar curiosidad, movimiento, participación o reflexión en quien la observa. ❤️
Te leo y pienso lo que decís en otros aspectos de la vida…como el intento de capturar y describir la realidad, que también es un desafío inacabado.
Me gusta que tu mirada me lleva más allá del diseño, tenés que empezar a escribir en este blog 😉 porque es verdad: esa necesidad de querer capturar algo —una idea, una sensación, la realidad misma— y ver que siempre se nos escapa un poco, aparece en muchos otros aspectos de la vida.
En el diseño eso se vuelve más visible, porque trabajamos con formas, estructuras, límites y decisiones concretas. Pero en el fondo tiene mucho que ver con cómo miramos y tratamos de entender lo que nos rodea. Quizás por eso lo imperfecto y lo inacabado nos resultan tan humanos, tan verdaderos, a los diseñadores o a los mortales 🤭.
Esta charla se tiene que seguir con mate / vino y un rummy de por medio 🧉🍷
Amo a la procrastinacion como método, como mecanismo de revisión de lo hecho y analisis del faltante. Establecer que un escrito está terminado o un ejercicio plástico está completo, es un esfuerzo inconmensurable que solo ocurre cuando uno tiene una deadline y aun asi uno le pondría una postdata para acceder a una revisión futura
Me gustó lo de la posdata. Versión 1,2,3 y así al infinito y más allá 😊