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SEÑALÉTICA: EL DISEÑO DE LA ADVERTENCIA

¿Cuándo se entiende una señal?

Un cartel que advierte sobre un tsunami en Buenos Aires puede llamar la atención. Quizás pensemos que está mal ubicado, que alguien se equivocó o que está dirigido a personas que conocen un contexto que a nosotros nos falta.

Pero, aunque podamos leer sus palabras, ¿entendemos qué anuncia? ¿Sabríamos cómo actuar si la advertencia fuera para nosotros?

Ver una señal no siempre significa comprenderla. Para interpretarla necesitamos algo más que tenerla delante: reconocer sus códigos, entender dónde estamos y saber qué espera de quien la encuentra. Entonces, ¿qué necesita una advertencia para que, además de verla, sepamos qué hacer?

Los códigos que aprendimos a leer

Hay señales que reconocemos casi automáticamente. El rojo suele asociarse con peligro o prohibición; el amarillo, con precaución; el verde, con permiso, avance o una salida posible. Frente a un semáforo, esos colores parecen hablar por sí solos. Pero no nacemos sabiendo qué significan: aprendemos a relacionarlos con ciertas situaciones y acciones, hasta que dejamos de notar que alguna vez tuvimos que aprenderlos.

También aprendemos formas y flechas. Una figura que corre puede indicar una salida; una línea cruzada, algo que no debemos hacer. Sin embargo, un dibujo aislado no siempre alcanza. La figura puede señalar una salida, pero necesitamos saber hacia dónde ir; una flecha puede orientarnos, pero solo si entendemos a qué recorrido se refiere. La señal se interpreta junto con su ubicación, con las otras indicaciones que la rodean y con lo que esperamos encontrar en ese lugar.

Esa rapidez es útil: una señal puede orientarnos sin detenernos. Pero también hace fácil olvidar que sus códigos se aprenden y se comparten. Quien ya conoce el sistema completa lo que la señal no explica; quien llega por primera vez quizá no tenga las mismas pistas. ¿Qué pasa cuando alguien no conoce esos códigos, cuando el símbolo cambia de un lugar a otro o cuando una indicación que parece obvia para unos deja a otros tratando de adivinar?

Cuando el cartel imagina a quien llega

Cuando viajamos y encontramos un cartel en un idioma que no conocemos, buscamos otras pistas: un dibujito, una flecha, un color. Pero a veces el desencuentro no está solo en el idioma. También podemos llegar con costumbres distintas sobre cómo usar un objeto.

En Japón conviven inodoros de estilo occidental, para sentarse, y baños que se usan en cuclillas. Para quien está acostumbrado a estos últimos, encontrarse con un inodoro con asiento puede no ser suficiente para saber cómo usarlo. Por eso, algunos carteles explicitan algo que para otras personas parece obvio: no hay que pararse sobre el inodoro, sino sentarse.

Ese cartel no se limita a nombrar el objeto ni a indicar dónde está el baño. Imagina a quien podría encontrárselo y trata de anticipar una confusión. Su mensaje parte de reconocer que no todas las personas llegan con el mismo aprendizaje, y que una acción obvia en un lugar puede no serlo en otro.

Ahí se nota que una señal no comunica en soledad. También importan el contexto y la experiencia que llevamos con nosotros. ¿Cuántas cosas damos por entendidas porque aprendimos a hacerlas de una manera? ¿Y qué puede hacer el diseño cuando alguien llega con otra referencia?

Una ciudad que no siempre se deja leer

Para una persona ciega, cruzar una calle puede implicar orientarse en una situación que suele pensarse desde lo visual. El semáforo cambia de color y el peatonal indica cuándo avanzar o esperar. Pero, si no podemos ver esas luces, ¿cómo sabemos que llegó el momento de cruzar?

Los semáforos sonoros ofrecen otra pista. En Japón se usan sonidos como “piu-piúpiú” y el “cu, cu, cucucu”. Las señales de cada cruce suena de manera diferente y se alternan: así pueden orientar a la persona sobre la dirección del cruce – este/oeste, norte/sur-. (difícil igual lo de orientarse con los puntos cardinales, ¿no?) No hace falta entender una explicación escrita para recibir esa información, aunque el código también se aprende.

Yo tengo un semáforo sonoro cerca de casa, en Díaz Vélez y Medrano, porque cerca está la biblioteca para ciegos. No distingue orientaciones ni tiene distintos sonidos. Y me resulta bastante inútil que exista uno si es el único semáforo accesible de todo el barrio. Una señal puede estar bien pensada en un cruce, pero ¿qué autonomía ofrece si no forma parte de un recorrido que se pueda seguir?

En este tik tok pueden escuchar los sonidos de los semáforos tan famosos de las urbes japonesas.

El cartel y la persona que imagina

En un organismo público puede haber recorridos y reglas que quienes trabajan ahí conocen de memoria. Para quien entra por primera vez, en cambio, todo puede ser nuevo: dónde esperar, qué puerta usar, a quién preguntarle. Una señal puede estar en el lugar correcto y aun así no orientar si supone que quien la lee ya sabe cómo funciona ese espacio.

También importa cómo se presenta el mensaje. El tamaño de la tipografía, el contraste, la altura y la ubicación del cartel forman parte de la indicación: no alcanza con que las palabras sean claras si quedan tapadas o se leen desde muy lejos. El diseño no solo decide qué decir, sino qué posibilidades tiene alguien de encontrar y entender ese mensaje en el momento en que lo necesita.

A veces la advertencia tiene aspecto institucional: está impresa, usa un tono formal y ocupa un lugar previsto para comunicar. Otras veces alguien pega una hoja o escribe a mano porque necesita resolver algo urgente. En la calle, como aparecía en “Diseño urbano: decir sin permiso”, conviven mensajes planificados y expresiones espontáneas. Una nota improvisada puede parecer desprolija y, sin embargo, llamar la atención por su tono directo o porque sabemos que responde a una situación concreta.

La prolijidad puede transmitir autoridad, pero no garantiza que el mensaje se entienda ni que confiemos en él. ¿Qué nos hace detenernos frente a una advertencia? ¿Su aspecto, el lugar donde aparece, lo que nos pide o la relación que encontramos entre ese mensaje y lo que está pasando? Un cartel también imagina a quien lo va a leer: desde dónde lo verá, qué sabe del lugar y qué necesita hacer.

¿A quién le enseñan a circular?

Para manejar un auto hay que aprender reglas y rendir un examen. Pero en la calle también circulan peatones y ciclistas: interpretan señales, comparten cruces y toman decisiones mientras se mueven. ¿Dónde aprendemos esos códigos? ¿Cuánto se enseña y cuánto se da por sabido?

Muchas veces, la educación vial se piensa desde quien maneja, aunque las señales organizan un espacio que usamos de distintas maneras. No todas las personas se desplazan igual ni enfrentan los mismos riesgos. Tampoco todas conocen las reglas por las mismas vías: algunas las aprendieron cuando tuvieron que sacar el registro, otras, mirando lo que hacen los demás, incluso cuando eso no alcanza para entender qué indica una señal.

Eso no significa que cada cartel tenga que explicarlo todo. Pero sí invita a preguntarnos qué conocimientos supone y a quién deja la tarea de descifrarlos. Diseñar para quienes circulan también puede implicar hacer más comprensibles las reglas, en lugar de esperar que cada persona llegue con el código aprendido.

Una señal también revela a quién imagina

Una advertencia interrumpe algo: el recorrido, la conversación, la confianza de que ya sabemos qué hacer. Nos pide detenernos, cambiar de dirección o prestar atención. Para que ese mensaje llegue, entran en juego los códigos que aprendimos, el contexto en que aparece y las distintas maneras en que podemos percibirlo.

Cuando una señal no se entiende o pasa inadvertida, solemos pensar en quien no la miró, no la leyó o no supo interpretarla. Pero también podemos preguntarnos qué esperaba ese cartel de esa persona: ¿que conociera el código, que viera el color, que oyera el sonido, que supiera dónde buscar?

Quizás el diseño de una señal empiece por imaginar a quienes van a encontrársela: qué saben, cómo se orientan, qué necesitan entender en ese momento, cuáles son sus limitaciones y ofrecer una solución que nos incluya a todos.


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POR
DISEÑADORA GRÁFICA (UBA)
• 03 Nov 2026

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