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LA GATA QUE BAILA: IMÁGENES CON IA Y LA CONFIANZA EN LO QUE VEMOS

Esa imagen que parece real

Capaz te pasó: un familiar te reenvía un video de una gata bailando. Te lo manda con un “mirá esto 😮”, sorprendido porque le pareció curioso o gracioso. Lo comparte como si fuera cierto; al fin y al cabo, ahí está la gata, bailando en la pantalla.

Después alguien pregunta si el video es real o si está hecho con inteligencia artificial (IA). La pregunta nos hace mirar de otra manera: buscamos alguna pista, aunque no siempre la encontremos enseguida. ¿Qué nos había hecho creer que era real: la imagen, la confianza en quien nos la mandó o, simplemente, las ganas de que los gatos bailen?

La confianza que depositamos en las fotos

Durante mucho tiempo, una foto nos ofreció una especie de prueba: algo o alguien había estado delante de una cámara. En la fotografía analógica, la luz de la escena llegaba a la película y dejaba una marca. Las cámaras digitales cambiaron el soporte, pero conservaron esa relación básica: la luz que refleja una escena llega al sensor y participa en la formación de la imagen.

Eso no quiere decir que la foto nos cuente todo lo que pasó. Quien la saca decide desde dónde mirar, qué entra en el encuadre y qué queda afuera. Una escena puede estar preparada, una persona puede posar y una edición puede modificar detalles. La foto es una huella, pero una huella parcial: muestra algo que estuvo ante la cámara desde un punto de vista particular.

Quizá por eso las fotos conservaron durante tanto tiempo una fuerza especial. Podíamos discutir qué significaban o qué habían dejado afuera, pero había una escena que había estado ahí. Con las imágenes generadas por IA (también llamadas imágenes sintéticas), esa relación se vuelve menos evidente: una chica perfecta o una gata bailando pueden aparecer en la pantalla sin que hayan existido frente a una cámara. (sino pregúntenle a Santiago Oría…)

Y entonces la duda del video reenviado deja de ser solo “¿será cierto?”. También nos preguntamos qué clase de vínculo tiene esa imagen con el mundo que parece mostrar. Si ya no podemos dar por sentado que una imagen nació de algo que ocurrió, ¿qué señales usamos para confiar en ella?

Cuando la duda empieza a circular

En redes podemos cruzarnos con una imagen que parece mostrar una escena concreta: una multitud en una plaza, una casa espectacular o una persona en un lugar conocido. La vemos publicada con un epígrafe, compartida por una cuenta random o acompañando una noticia. Esos elementos nos ayudan a entenderla, pero no siempre alcanzan para saber quién la produjo ni qué relación tiene con lo que muestra.

Antes también podía haber fotos sacadas de contexto, editadas o acompañadas por información falsa. La diferencia es que ahora una imagen puede parecer el registro de una escena sin que esa escena haya ocurrido. No hace falta que sea perfecta ni que nos engañe para siempre: alcanza con que, durante un momento, no tengamos claro qué estamos mirando.

Y esa posibilidad no despierta dudas solo frente a imágenes sintéticas. También puede hacernos desconfiar de fotografías reales.

La pregunta empieza a desplazarse: además de mirar qué muestra una imagen, intentamos averiguar de dónde viene, quién la comparte y qué sabemos sobre cómo fue hecha. La realidad actual tampoco ayuda, hay imágenes que uno desearía que sean IA para no aceptar que ciertas situaciones suceden en el mundo real.

Cuando lo humano se vuelve extraño

A veces la incomodidad aparece frente a una imagen que se acerca mucho a lo humano. No necesariamente encontramos un error evidente: una cara puede tener ojos, boca y proporciones perfectamente reconocibles. Sin embargo, algo en la expresión, la mirada o la textura nos resulta difícil de procesar. No sabemos señalar qué está mal, pero la imagen tampoco termina de parecernos natural.

A esa sensación se la suele asociar con el “valle inquietante” Bukimi no Tani (en japo: 不気味の谷) de Masahiro Mori: la idea de que una representación puede parecernos cada vez más familiar a medida que se parece a una persona, hasta que, cerca de lo humano pero sin convencernos del todo, empieza a producir extrañeza o rechazo. Puede servir para pensar algunas imágenes sintéticas, aunque no explica todas las reacciones ni funciona igual para todo el mundo.

Y hay una diferencia importante: una imagen puede inquietarnos por cómo se ve, aunque sepamos que es inventada; otra puede parecer completamente natural y aun así no corresponder a algo que pasó. La sensación que nos produce y la confianza que le damos son preguntas relacionadas, pero no son la misma pregunta.

¿Importa si la imagen con IA es verdadera?

Volvamos a la gata que baila (y dale con la gata). Si el video solo quería hacernos reír durante un rato en medio de un scroll infinito, quizá no nos cambie demasiado saber que fue generado por IA. La imagen cumplió su cometido: nos sorprendió, nos entretuvo, nos sacó una sonrisa. No siempre buscamos pruebas; a veces queremos jugar con lo que vemos.

Pero el contexto puede cambiarlo todo. No es lo mismo una escena imposible que se presenta como un chiste que una imagen que intenta convencernos de que ocurrió algo concreto. Cuando una foto o un video se comparte como información, como recuerdo o como prueba, saber de dónde viene sí importa. Ya no solo disfrutamos de la imagen: también decidimos si creer lo que nos cuenta.

Por eso “real” y “falso” no siempre alcanzan para describir lo que tenemos delante. Una fotografía puede registrar algo que pasó y, aun así, dejar afuera información o llevarnos a una conclusión equivocada. Una imagen sintética puede inventar una escena sin engañarnos, si entendemos que estamos mirando una ficción. Quizá la pregunta no sea solo si una imagen es real, sino qué nos invita a creer y para qué la estamos mirando.

Y ahí me surge otra duda: ¿existe una imagen pura, que simplemente muestre la realidad tal cual es? Cada imagen implica alguna elección -qué mostrar, desde dónde y junto a qué palabras-, pero eso no quiere decir que todas inventen lo mismo ni que la diferencia entre una foto y una imagen sintética desaparezca.

Cuando dudar parece más seguro

Frente a una imagen cuyo origen desconocemos, dudar puede sentirse como la opción más segura. A nadie le gusta compartir algo y descubrir después que creyó algo que no era cierto; menos todavía quedar frente a los demás como alguien que cayó en una trampa. Entonces, sospechar primero parece una forma de protegernos.

Pero esa defensa puede extenderse a todo. Ya no desconfiamos solo de las imágenes generadas: empezamos a preguntarnos si las fotografías también son falsas, si una escena ocurrió como parece o si alguien quiere engañarnos. La duda, que al principio nos ayudaba a mirar con cuidado, puede convertirse en la única manera de mirar.

No hay una fórmula que nos asegure que nunca vamos a equivocarnos. Confiar no debería exigirnos creer todo pero quizá podamos permitirnos decir “no sé de dónde salió” sin sentirnos ingenuos, y detenernos un poco más cuando importa lo que una imagen afirma. 


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POR
DISEÑADORA GRÁFICA (UBA)
• 23 Oct 2026

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